16/1/13



       Todo el que viaja tiene algo para contar.

Escribir es el trabajo de dar significado a una experiencia que tuvimos en un viaje y, que cuando la vivimos,  no la consideramos de la misma manera. El viaje del texto es distinto a la vivencia y al recuerdo, surge en la experiencia misma de la escritura.

Imágenes, sonidos, apuntes, objetos, cartas, álbumes... materiales documentales que recolectamos en  viajes lejanos o en la caminata de la casa al paradero, servirán de disparadores para hacer cantar el material.  

Este año 2017 pondremos énfasis en el paseo, los paseantes y sus derivas. Acompañaremos en sus paseos a Valeria Luiselli, Robert Walser, Sergio Chejfec, Rebecca Solnit, Roberto Merino, Henry Thoreau, María Moreno, John Berger, Mike Wilson, Guadalupe Santa Cruz.

Pasear, observar, pensar, leer, escribir. 

PROGRAMA
1. Leeremos fragmentos de La historia del caminar de Rebeca Solnit, editorial Hueders.
2. Leeremos El hombre de la multitud de Edgar Allan Poe y haremos ejercicios sobre el caminar y el seguimiento de otras personas en la ciudad. Conversaremos sobre la transformación de la privacidad y lo público, sobre la caminata y el ejercicio detectivesco, las conjeturas, las sospechas. Leeremos La ventana esquinera de mi primo de Hoffman y haremos el ejercicio de hacer de detective en una calle.
3-. Baudelaire y el flâneur. Conversaremos acerca de la experiencia de este personaje a través de poemas de Baudelaire y de fragmentos de Los pasajes de Walter Benjamin. Experimentaremos en nuestros paseos cómo mira, cómo siente, cómo deambula por las calles un flâneur. Leeremos a un flâneur moderno, el chileno Roberto Merino y a Roberto Arlt.
4-. Leeremos Walking de Henry D Thoreau. Problematizaremos la caminata en la naturaleza. Leeremos la epopeya moderna Del caminar sobre el hielo de Herzog. Ejercicios de caminar en la naturaleza. Escogeremos un trayecto, investigaremos su pasado natural y la naturaleza hoy. Cómo escribir la naturaleza. Construiremos una epopeya mínima.
5. Leeremos El Paseo de Robert Walser junto a Paseos con Robert Walser de Carl Seelig. Haremos ejercicios sobre la relación entre paseo y espíritu.
6-. El paseo y el inventario. Leeremos a George Pérec y trabajaremos sobre cómo inventariar un trayecto.
7. Los objetos del camino. Leeremos Cuadros de pensamiento  de Walter Benjamin. Haremos ejercicios sobre los objetos que encontramos en el camino.
8.  John Berger. El paseo y la relación con los lugares. Construiremos nuestra personal relación con los lugares por los que paseamos. Trabajremos sobre la mirada, la empatía, la compasión.
9. Leeremos Mis dos mundos de Sergio Chejfec y nos preguntaremos qué es un lugar. Haremos ejercicios para construir mapas de nuestras caminatas.
10. Leeremos Papeles Falsos de Valeria Luiselli. Conversaremos sobre caminar y pensar. Construiremos relaciones entre caminar, descubrir y pensar. 
11. Leeremos Banco a la sombra de María Moreno. El paseo y la irreverencia. Nos montaremos sobre los paseos de otros y haremos una relectura de esos trayectos.

METODOLOGÍA
Como dice Claudio Magris, en El Danubio, el método es la construcción de la experiencia. Cada participante escogerá algunas rutas por las que volverá a transitar una y otra vez, cada vez con un autor distinto y haciendo una experiencia distinta. Los textos resultantes funcionarán como un caleidoscopio.


FECHAS / HORARIO / CONTACTO
Martes: 19:00 a 21:00 horas.
Inicio: Martes 28 marzo.
Contacto: escrituradeviaje@gmail.com
Lugar: Librería Borges, Borges 1975 Palermo.
Valor: 800 pesos las cuatro clases
Taller en zona Norte: Lunes de  17 a 19 hrs en la librería NotanPuán de San Isidro (consultar en notanpuan@gmail.com)



CYNTHIA RIMSKY


Nació en Santiago de Chile. Escritora, periodista y profesora. Ha dado talleres de escritura de viaje en Chile, Ciudad de México (Centro Cultural Bella Vista, Universidad Sor Juana Inés de la Cruz) y Buenos Aires (La Boutique del libro, Casa de Letras, Filba) Como resultado de un viaje por los países de donde emigraron sus antepasados, publica en el 2011 la novela con imágenes, Poste restante. En el 2004 viene La novela de otro. Durante cinco años sigue los pasos del filósofo medieval Maimónides para publicar en el 2009  Los perplejos. De Ramal, su última novela de viajes con fotografías, el suplemento ADN dijo: “Rimsky narra de un modo exquisito, poético, una búsqueda que necesita de pequeños mundos y pequeñas historias para hallar el sentido, y con él, el sosiego que adviene cuando se encuentra un lugar en el mundo”. Y en Debate: “La historia de un tren destinado a perderse. Lejos de la mirada nostalgiosa, Rimsky propone un análisis descarnado de lo que está pasando hoy en su país”. En el 2014 participa en el libro colectivo  Nicaragua al cubo de Brutas editoras. En el 2016 publica la novela El futuro es un lugar extraño (Random House Mondadori), las crónicas Fui (Lom editores) y editorial Entropía re edita Poste restante en Argentina.








 
































Puertas (fragmento Poste restante) 

En el centro de Tel Aviv existe un barrio, a una cuadra de la avenida Ben Yehuda, que evoca un melancólico pueblo del norte de Chile o Polonia. Es verdad que comienzan a aparecer restaurantes, talleres de arte y tiendas de souvenirs, pero el desgano, las casas hundidas bajo el nivel irregular de la calle, la música fuerte, los vecinos que conversan en la acera sin camisa, hacen olvidar la ciudad moderna que está a unos pasos. Entrever lo que ocultan las puertas es la razón que anima al viajero a caminar por las ciudades. Una mezcla de reserva y respeto impide prolongar la observación el tiempo necesario, hambriento de imágenes fugaces se le hace necesario completarlas con la imaginación.

A través de la rendija de una puerta vislumbra una habitación desprovista de adornos, con las sillas adosadas a las cuatro paredes y la mesa servida de libros. Da la sensación que los que aquí se juntan a rezar están más allá del barrio, de la ciudad, de Israel. Calle arriba hay una tienda. Un par de mesas ubicadas afuera hace pensar que se trata de un café. El interior está saturado de libros, sillas en mal estado, frascos, cajas, vidrios rotos... Un hombre de larga y descuidada barba, sentado ante un escritorio metálico, observa a un joven de chaqueta negra gastada en los codos, pelar papas. El borboteo del agua en la olla indica que se trata de un restaurante donde el hijo representa durante años el acto de preparar la comida, mientras el padre se queja de lo mal que va el negocio y los comensales olvidan venir.

Por la calle aparece un grupo de ancianos religiosos. Llevan los libros abiertos tan cerca del rostro que las letras trazan a un mismo tiempo el canto y el paisaje del gueto narrado por Sholem Asch. 

–Rezan a la luna llena –explica el padre inclinándose al paso de los ancianos–. ¿Usted de dónde viene?
–De Chile.
–¿Hay judíos en Chile?
–Sí.
–¿Cuántos?

Da una cifra cualquiera. Los religiosos se detienen poco antes de la esquina. En la tienda, iluminada por una ampolleta que cuelga del techo, se escucha una melodía popular hebrea. El joven troza los huesos y los mete a la olla. El padre alisa sus tupidas cejas, puede que esté pensando o puede que no. De la calle surge un joven vestido a la moda. Sus vehementes gestos expresan la satisfacción de haber encontrado finalmente la oportunidad que se merece. Al ver la tienda vacía le parece increíble que esos dos sigan aferrados a su incredulidad. Discute con el padre, a la mitad del argumento se vuelve contra el hijo que reparte el caldo en tres tazones, divide una hogaza de pan y coloca todo sobre el escritorio fiscal. 

El visitante repasa con su mirada las ollas grasientas, desciende por la espalda curva de su amigo de infancia, se detiene en las manchas de aceite, los platos saltados, y se desploma en la silla, remoja el pan en el caldo, lo introduce en su boca y aleja el tazón. Aquellos dos no van a rendirlo, busca entre los estantes y bajo los volúmenes un pedazo de papel. Encuentra un cuaderno donde transcribe en voz alta los dólares que piensa ganar con la oportunidad que merece. Cuando levanta la cabeza de la gigantesca suma ve al amigo con las mangas de la camisa arremangada lavando los tazones, mientras el padre escucha las noticias en una vieja radio. El joven arroja el cuaderno y sale de la tienda.

–En este país están todos locos. Yo me voy a América –y se aleja bajo la luna llena.

El hijo recoge el cuaderno y lo deja sobre una pila de polvorientos libros. Por eso me gustan las puertas. De no haber entrevisto la casa de rezos, lo que sucedió después no me habría sido develado.


Un conocimiento que se deshace en el aire.    


No recuerdo si eran los miércoles o los jueves que mi padre volvía a casa con el último fascículo de la enciclopedia Monitor, sí recuerdo que los guardaba con llave en la parte más alta del armario de su dormitorio. Temía que al estar sueltos, se fueran a perder, como tantas cosas que mi hermano y yo no devolvíamos a su lugar y desaparecían. Una vez al mes traía consigo las tapas de cartón forradas en cuero y las varillas metálicas destinadas a enhebrar los fascículos que conformarían un tomo. Completar los 15 volúmenes más el índice fue su desafío. La enciclopedia no era barata y todas las semanas se enfrentaba a la incertidumbre de reunir el dinero. La compraba siempre en el mismo quiosco. Entre las 11:30 que terminaba de atender a los pacientes del hospital y la 1 de la tarde que marcaba tarjeta, salía a dar una vuelta a la manzana, siempre la misma; entraba al Banco a pedir la cartola, se acercaba a la gasolinera para comprobabar los vaivenes del precio, buscaba un tornillo o un tubo de pegamento en la ferretería de un viejo que hacía años que no tenía tornillos o pegamento, saludaba al cuidador de autos... Al verlo acercarse, el quiosquero separaba el fascículo y se lo tendía. Si mi padre le decía que esa semana no había logrado reunir el dinero, se lo fiaba. “Me embromó, tuve que comprarlo igual”, nos comentaba durante la cena, dejando caer una mancha difícil de limpiar sobre la bondad del quiosquero y su propio deseo de llevar el conocimiento a nuestra casa.

Creo que la vida para mi padre era una constante incertidumbre, como si en cualquier momento pudiese perder pie, por eso le parecía tan importante conocer el mundo en el que vivíamos; era el conocimiento universal -que él podía costearnos con su trabajo- lo único que iba a salvarnos de desaparecer en ese agujero negro que acechaba nuestro hogar. Así que después de comer, nos tirábamos él y yo sobre la cama matrimonial, a leer los textos y las imágenes deslavadas y fuera de registro de la Monitor. No creo haberme preguntado cómo cabía el conocimiento universal en 6 mil 800 páginas, cuáles pedazos quedaban afuera y por qué. Mi padre corroboraba con su autoridad o su constancia que era verdadero.

En base al Monitor hice todas mis tareas escolares, como no nos permitían recortarlo, calcaba con papel mantequilla las imágenes y sus colores, a veces deslavados o chillones. Mi mundo era una réplica del mundo que replicaba la enciclopedia y mi imaginación, una extensión desfigurada de esa traducción. Cuando las explicaciones resultaban insuficientes para mi curiosidad, descubrí que podía buscar por entradas distintas. Para saber más de Sócrates, podía ir a Antigua Grecia o a Filosofía y de Filosofía al Platonismo, como caminos que se abrían, me iba por cualquiera, olvidando la avenida que regresaba a la pregunta. En esa época todavía no me daban permiso para ir sola más allá de la esquina.

No recuerdo cuándo la Monitor perdió su sitial. Seguramente mi madre, que siempre necesitaba más espacio para sus compras, tuvo que haber puesto sus ojos en el lugar que ocupaban los 15 tomos y el índice porque mi padre se los llevó a la biblioteca de soltero que mantenía en su consulta en la parte baja de la ciudad. Allí quedaron, apretados entre los escritores que narraron el derrumbe del sentido tras la Segunda Guerra y que moldearon el espítitu melancólico de mi padre hasta que nacimos nosotros y tuvo que volver a creer para educarnos, o eso intentó.      

En el último viaje a Santiago bajé a la bodega del edificio en el que vive mi madre para reordenar las bolsas en las que guardé mi mundo al venirme a Buenos Aires. Cuando embalé, tomé la precaución de anotar con un plumón el contenido de cada una. Cinco años después, hubo letras y hasta palabras que se desvanecieron o no reconocí los nombres.
Para ir a la bodega hay que bajar en ascensor hasta el estacionamiento subterráneo del edificio, junto a las calderas, al depósito de basura, al generador. Bajo la descarnada luz de los tubos fosforescentes, rodeada de automóviles, con el olor al caucho de las llantas bajo la nariz y el sonido de las máquinas, me vi desenterrando una civilización perdida, cada libro, plato, lágrima de cristal, fotos, cuadernos, animales de madera, constituían un hallazgo de una civilización que ya no existía y de la cual solo quedaban objetos sueltos que habían perdido su lugar.

En uno de los estantes encontré una bolsa plástica que no reconocí, la abrí, adentro estaban los tomos de la Monitor. Varios habían desaparecido, como Plutón, la URSS, las machas de Tongoy, el río Quilimarí, el color de mi pelo, mi padre... Saqué una letra al azar. Allí estaban las imágenes repintadas, descalzadas, pixeladas… La mayoría de las entradas se referían a antiguas civilizaciones, recordé que de niña quise ser arqueóloga, quizás influenciada por la lectura. Me detuve en Palmira. Faltaba la fotografía de las ruinas, el contorno hacía pensar en una tijera afilada como las que mi madre guardaba en su costurero y que nosotros sacábamos a escondidas para hacer las tareas. Me salté la ubicación geográfica, el clima, la división política, fui directo a las historias que alimentaron mis fantasías de solitarias aventuras, lejos de casa, desenterrando civilizaciones perdidas y sin manchas. Al leer el nombre de la mujer culta, que hablaba varios idiomas y que declaró la independencia de Palmira ante Roma y los sasánidas, Zenobia, me cambié a la Z y seguí leyendo. A las pocas líneas tuve que sentarme sobre una bolsa, bajo mi peso crujieron los papeles de mi mundo perdido. No podía convencerme de que eso fuera el conocimiento universal; por qué quedar tempranamente huérfana desemboca en un matrimonio de conveniencia con un principe local. Por qué transformar a Palmira en un estado independiente y neutral fue su venganza o su ambición. Por qué si sus 150 mil habitantes vivían en un esplendor desconocido, tuvieron que sufrir un castigo. Me salté a la A y busqué a Aureliano: rudo militar que no permitió que una mujer como Zenobia frenara la expansión de Roma. Por qué el destino de una mujer culta con poder es ser conquistada y terminar decapitada o acostándose con el emperador, ávida de dinero, o  traicionando a los filósofos que tuvo como consejeros. La próxima mujer en la historia de Palmira era lady Hester Lucy Stanhope. Busqué en la S. El conocimiento universal sumaba soltería, un corazón roto, una herencia no demasiado cuantiosa, y obtenía una huida en una nave griega junto a un reducido séquito de criados y una fuerte tormenta que hizo naufragar el barco y el equipaje. La cercanía de la muerte provocó en lady Hester “el derrumbe de su vida” y del derrumbe salió vestida de varón montando un camello con destino a Palmira como Zenobia tras haber conquistado territorios romanos. Para el conocimiento universal la expedición solo podía terminar en la ruina. Recluida en un monasterio, lady Hester falleció pobre, en la oscuridad de su habitación, cubierta de harapos, sin condiciones higiénicas, acompañada por una multitud de gatos y objetos que acumuló en sus viajes. Igual a como terminaban mis aventuras que yo creía imaginarias. El tercer expedicionario mencionado al menos escribió un libro, tal vez porque fue hombre. Desde su primera juventud el conde de Volney se consagró a la investigación de la verdad. No quise preguntarme a qué verdad se refería el texto porque no quería caer en el pozo ciego adonde estaba el destino de Zenobia, Lady Hester, Aureliano, el consejero filósofo... A su regreso de Palmira, Volney escribió: “Yo he visitado los lugares que fueron teatro de tanto esplendor, y sólo he visto en ellos desolación y soledad... Los templos cayeron, los palacios se desmoronaron, los puertos desaparecieron, los pueblos han sido destruidos, y la tierra, desnuda de habitantes, no es más que un espacio desolado y cubierto de sepulcros... ¿Quien sabe si un viajero como yo no se sentará algún día sobre las ruinas silenciosas de nuestros países, y no llorará solitario sobre las  cenizas de los pueblos, la memoria de su  grandeza?”    

En ese momento escuché los bocinazos. Una mujer en su auto 4x4 me advirtió desde la altura de su asiento que me corriera para poder estacionarse. Yo estaba sentada sobre las silenciosas ruinas del conocimiento universal que moldeó el falso esplendor del mundo que mi padre quiso colocar sobre el suyo, resquebrajado por la Segunda Guerra; bajo la luz blanca de los tubos, en un estacionamiento subterráneo que olía a caucho, lloré por la desolación, el desmoronamiento, la desaparición, la destrucción, que el conocimiento universal le propinó al mundo al pegar sus fragmentos con juicios estrechos, falsas proposiciones, lógicas absurdas, adverbios, adjetivos, estructuras unívocas como las del sujeto-verbo-predicado. Las palmas de mis manos estaban rasposas, como si hubiesen escarbado la tierra, con las uñas sucias de mugre y sangre.  

Esa noche antes de dormir busqué en internet cuál fue el destino de Palmira – ya no es necesario añadir fascículos, pasar las varillas metálicas por las grampas o pedir fiado al quiosquero, basta un click – y me encontré con que el año 2002, en las inmediaciones de las ruinas fue localizada una colonia de siete pájaros de una especie que se creía extinta hace más de 70 años, el Ibis eremita, considerado sagrado por los antiguos egipcios. A pesar de las numerosas iniciativas mundiales para proteger a la especie, a los pocos años quedaron cuatro. Tres abandonaron las ruinas al irrumpir en ellas el Estado Islámico. Cuando las abandonaron, comenzó una pelea entre la Unesco y Rusia por la reconstrucción de los templos y, en medio de la contienda, alguien ofreció una recompensa de mil dólares a cambio de información sobre el paradero del cuarto y último Ibis eremita, llamado Zenobia, el único que conoce la ruta de migración hasta los cuarteles de invernada en Etiopía. Hace pocas semanas Zenobia fue encontrada y se supo que anidó con éxito. La especie se ha salvado. (www.salagrumo.com)

 
El misterio Sebald


Habiéndome marchado definitivamente de Valparaíso para vivir en Santiago, no me resignaba y seguí volviendo con frecuencia. En el camino desde la terminal de buses jugaba a reconocer y a ser reconocida. Una mirada, un atisbo de sonrisa, un gesto con la mano o la cabeza, la comprobación de que el turronero seguía parado afuera del cine Condell, ante la mesita plegable cubierta por un mantel floreado, aferrado el minúsculo martillo con el que gastaba esa sustancia imposible de cortar, me impedía olvidar que ante la aparente normalidad vivíamos entonces bajo una dictadura militar. Así, en vez de forjar una carrera, subía y bajaba cerros, entraba y salía de bares, me sentaba horas en una escalera para observar lo que en Santiago no tenía: horizonte.

En esos trayectos fui conociendo de cerca o de vista a los porteños que esperaba reconocer 15 años después, cuando ya vivía y trabajaba en Santiago. Hasta que asomó el día en que no hubo un solo gesto y por el diario me enteré de la desaparición del turronero. “Había un turronero en Valparaíso, pero murió y nadie de su familia siguió con el negocio. Tampoco mis tres hijos o mis seis nietos quisieron seguir mis pasos. A todos los tiré al gancho, tal como lo hicieron mis abuelos conmigo, pero a ninguno le gustó. Hoy todos prefieren la computación”.

El regreso a Valparaíso se convirtió en un viaje de ida y vuelta. Mis amigos se casaron, tuvieron hijos y dejé de llegar a sus casas. Esa vez me alojaba en un departamento prestado en uno de los nuevos edificios que están destruyendo los cerros, y en la biblioteca encontré un libro de Sebald que desconocía. No recuerdo la fecha, tampoco el título, sí la emoción que me causó descubrir unas breves líneas donde él mismo develaba de qué estaba hecha su escritura. ¿Por qué no robé el libro, anoté su título o transcribí la frase? Por la misma razón que no me detuve a hablar con el turronero para preguntarle cómo hacía su turrón, ni anoté en un cuaderno mis observaciones para reconstituirlo cuando ya no estuviera

Hace tres años atravesé la Cordillera de Los Andes con un par de maletas, en un bus con destino a Buenos Aires, donde actualmente vivo como emigrante. Mis libros quedaron guardados en Santiago a excepción de los que cupieron en la maleta. A los dos de Sebald que traje se añadieron dos que tenía mi pareja y uno que compramos a medias. Ahora que me encargan este texto, vuelve a rondarme el misterio que me fue revelado en Valparaíso y, como no hay tiempo para revisarlos todos, cojo uno al azar y leo: “Pero nada más llegar a Viena resultó que los días no ocupados en tareas de escritura y del jardín, se me hacen extraordinariamente largos y no tengo dónde dirigirme”. Inmediatamente se me ocurre que Vértigo puede ser ese libro; esta, la frase; y el misterio, que Sebald cultiva las imágenes como si fueran plantas de su jardín. Por ejemplo, en el primer relato, Beyle o el extraño hecho del amor dice: “…Beyle llamó la atención de Madame Gherardi sobre una vieja y pesada embarcación que, con un palo mayor doblado en el tercio superior y velas rugosas de un marrón amarillento, parecía, a juzgar por las apariencias, haber tomado puerto también no hacía mucho, y de la cual salían dos hombres con chaquetas oscuras y botones de plata llevando una camilla a tierra, en la que, ostensiblemente yacía un hombre bajo una gran tela de seda franjeada…” Bien podría ser esta imagen el resultado de un injerto que hizo a partir de El cazador Gracchus de Kafka, donde un cazador, que murió por perseguir una gamuza en la Selva Negra, navega eternamente por el mundo en una barca sin timón.

La técnica permite que ambos -vástago y patrón- se junten vegetativamente y convivan. El único requisito es que pertenezcan a la misma familia, así se garantiza la compatibilidad funcional, la interacción de las células y el tránsito de las sustancias vitales. En Sueños, Walter Benjamin relata una experiencia de lo familiar; de visita en la casa de los O en las India Holandesa, entra a un cuarto revestido en madera oscura que da una sensación de opulencia, el guía le dice que eso no es todo y lo invita a subir una escalera, al mirar hacia abajo, “ante mis ojos se extendía justamente esa habitación revestida en madera, cálida y nostálgica, que acababa de abandonar hacía un instante”. Según Benjamin lo familiar se produce al realizar por segunda vez un trayecto. Sebald pudo escribir Vértigo después que repitió el trayecto que se vio obligado a interrumpir años antes. Y esa primera vez, en Riva, había repetido los pasos dados por Kafka.

Para hacer un injerto se necesita una navaja muy afilada que produzca cortes limpios. De esa manera Sebald va desprendiendo del cuento de Kafka los botones dorados, la barca, la frazada floreada, los dos jóvenes que encuentra en el bus, los dados, el muelle, las palomas, los barqueros, el canal, cuando despierta en el hotel y siente como si hubiese surcado un ancho mar… No solo recorta imágenes de El cazador, a lo largo del libro injerta otros personajes, lugares, ideas e historias de otros escritores.

Para que un injerto tenga éxito se deben poner en contacto el cambium del patrón y el de la variedad. El cambium es una capa de células muy fina (menos de 1 milímetro) de color verde, anterior a lo blanco –antes de la página-, que produce las células que formarán los tejidos vasculares -por los que circula el agua y la savia con nutrientes- que producirá la soldadura.

Lo que Sebald pone en contacto de ambas imágenes son las sombras. Así queda fijada en Madame Gherardi la imagen de la barca, como una sombra, así aparecen Luis de Baviera, Dante, Casanova, el mismo Kafka, Stendhal, la sacristana de la capilla de los Pellegrini, la guerra, la destrucción…

Si la planta debe atarse con una rafia para que no la afecte la sequedad, el viento u otro movimiento, para mantener firme el injerto Sebald usa las coincidencias. No importa que las zarandee con su angustia, la ingravidez, los círculos, su melancolía, el miedo, las coincidencias fijan la imagen en la historia que está contando y, a pesar de todos sus movimientos a favor y en contra, no se desprenden.

Pudiendo ser Vértigo el libro y “los días no ocupados en tareas de escritura y del jardín” la frase que descubrí en Valparaíso, algo me hace dudar. Se me ocurre buscar en internet si los nombres de los lugares y personas que encuentra en su viaje existen. Ernst Herbeck estuvo encerrado en un psiquiátrico “atormentado por la insignificancia de sus pensamientos” hasta que un médico nuevo le pasó lápiz y papel y sus poemas se publican hasta hoy, el castillo de Greifenstein se vende en 2 millones 800 mil euros, Kritzendorf vive permanente inundaciones, los mineros del Schneeberg mueren por el cáncer del pulmón, Luis II de Baviera “fue un alma enfermiza con un espíritu turbado y melancólico, volcado en los delirios de su alma”… Busco quién es Grillparzer, que Sebald recuerda en Venecia, y me aparece que el tema central de su producción es “el individuo, dividido entre su yo interno y el mundo exterior, que no encuentra una reconciliación posible para estos opuestos”.

No recuerdo esa noche hasta qué profundidad escarbé para encontrar lo real de su escritura, en un momento comprendí que Sebald no hizo esos viajes o si los hizo, no ocurrió cómo y lo que cuenta, tal vez lo único que necesitaba era salir al jardín para cuidar sus plantas, sí recuerdo que pocas horas antes, cuando una amiga me tiró el I Ching, me salió el hexagrama de la Oposición, y que al despertar, me encontré con que el libro estaba abierto en la página 88 y, bajo las palabras que en Valparaíso me develaron el misterio de cómo están hechos los libros de Sebald y los turrones del viejo que se paraba fuera del cine Condell, quien logré averiguar utilizaba fuego y mármol, hay una línea temblorosa a lápiz grafito.

Ahora que Chile ha dejado de ser un regreso para convertirse en un viaje de ida y vuelta, lo que me tiene inmersa en la Oposición, leo nuevamente la frase donde hace 15 años creí encontrar la respuesta al misterio de mi vida por venir. “Estuve sentado próximo a la puerta abierta de la terraza, con papeles y apuntes extendidos a mi alrededor, haciendo líneas de conexión entre sucesos que distaban mucho entre sí y que a mí me parecían formar parte  del mismo orden”. (http://kosmopolis.cccb.org/es/sebaldiana/post/el-misteri-sebald/)


Pan con tomate 17/01/2012  (Fragmentos FUI)


El último día en Buenos Aires mis amigos me advierten que no me puedo ir sin probar los sándwiches de miga. Les digo que tengo tantas cosas por comer todavía, pero insisten. Durante largos minutos discuten sobre cuáles son los mejores. Los argumentos son que el relleno, además de verse, debe tener la mitad de espesor que el pan. La miga, aireada, pequeña, húmeda, pero no mojada y bien recta, sin las puntas arqueadas o bordes rotos. Jamás el sabor salado de la miga puede opacar el relleno. Pero el secreto es la emulsión, cada establecimiento tiene su propia mezcla de queso crema y mayonesa, queso crema y aceite de oliva, queso crema solo, con manteca...


Desde el momento en que ponen los dos paquetes sobre la mesa, siento una extraña melancolía. Me recuerda el paquete con pasteles que mi abuelo traía a casa todos los domingos. Los rectángulos de miga están dispuestos uno sobre otro en hileras. Partimos por el de piña y jamón; jamón, huevo y lechuga; apio y roquefort; peceto y tomate; queso y aceitunas negras; jamón y palmitos... Para el final queda un modesto rectángulo con jamón y tajadas de tomate reblandecido por el calor. No soy capaz de más. Por otra parte, ¿qué sentido tiene comer un sándwich con tomate después de haber probado tamañas exquisiteces? Pero mis amigos insisten y, por cortesía hacia ellos, le doy un mordisco. Como le ocurrió a Proust con la magdalena, el sabor del tomate reblandecido sacude una imagen del fondo de mis recuerdos. Mis amigos argentinos observan atónitos cómo el más humilde de los sándwiches remueve la nostalgia. Y es que, a pesar de anhelar el fin de semana por sobre cualquier otro día, los domingos de verano representan para mis 12 años una tremenda contradicción. Desde el desayuno comienzan mis padres a planificar el día de piscina en el Estadio Israelita. 

Asisto a un colegio laico y las niñas de mi edad que frecuentan al Estadio van al Hebreo y constituyen un grupo cerrado al cual me resulta difícil, por no decir imposible, entrar. Intento convencer a mis padres de quedarme en casa leyendo y escuchando música, pero no les convence dejarme sola, para qué si puedo conocer a otras niñas de mi edad, no es eso más beneficioso que leer. Según avanza el reloj, agotados mis argumentos racionales, recurro al llanto, las amenazas, el chantaje... el paseo se transforma en una pequeña tragedia familiar. Amurrada y en silencio, me rindo a viajar en el asiento trasero. En el Estadio, mis padres se unen a otras parejas con las que conversan o juegan cartas.

–Anda, está lleno de amiguitas de tu edad –me ordenan.

Corro la toalla hacia un lugar que no pertenece a los grandes ni a los adolescentes, un espacio de nadie desde el cual observo a los grupos en los que debiera estar y no estoy. Cuento las horas para que la pesadilla termine y pueda volver a mi casa, a mi cuarto, a mis libros. Entonces mi madre nos llama a tomar once. Como no disponemos de dinero para ir al casino, antes de salir de casa preparó un termo con café y sándwiches de mortadela con tomate y mantequilla, envueltos en servilletas de papel, que guardó en el bolso con las toallas, el bronceador y el abrigo para la tarde. 

Después de comer no me permitirán bañarme, así que vamos mi padre, mi hermano y yo a tirarnos un último chapuzón. El agua y el sol terminan por despertar nuestro apetito. Chorreando, extendemos las toallas al sol y cogemos de manos de mi madre el primer sándwich. Con el transcurso de las horas y del calor, el tomate se ha reblandecido y adherido a la servilleta. Los minutos que nos toma despegar el papel del tomate que sobresale del pan parecen eternos. 

Es tanta el hambre que no me importa comer papel. El primer mordisco me hace olvidar las tristezas que he pasado. El Estadio aparece distinto. El sol comienza a apagarse, las familias vuelven a sus casas o al casino, y en el pasto quedan los que, como yo, disfrutan de la soledad y el silencio. Cuando los sándwiches se acaban, mi padre me invita a dar un paseo a las canchas de fútbol del fondo. Es el momento en el que podemos conversar «del mundo», como llamo entonces a lo que está más allá de mi casa, del colegio y de mis padres. Al regresar del pasado, me encuentro con que he devorado el sándwich de miga con jamón y tomate. Mis amigos argentinos tienen razón: no podía irme sin haberlo probado.


Vueltas 20/06/2012


Mi padre acostumbraba a decir enigmático que la vida da muchas vueltas. En una caminata me encuentro con una calesita. En las plazas bonaerenses, un pequeño empresario mantiene, tras una horrible reja, una calesita y una oficina en la que vende los boletos. Cuando llego, dan vueltas los autitos, los caballos, una jirafa, una foca con una pelota en el hocico, un cisne, Tribilín, un helicóptero, un tren, un león, un ciervo, un elefante, un jeep; pero son los caballos, con su trote distinguido y penosamente congelado, quienes acaparan el deseo infantil.

El ayudante del cobrador se acerca a un poste del que cuelga un palitroque de madera con una abertura en la que va inserta una anilla de metal. El hombre alarga y esconde el palitroque. Montados en sus animalitos, los niños y niñas intentan agarrar la anilla y, cuando están por conseguirlo, el ayudante esconde el palitroque con un hábil movimiento. Hay niñas y niños a los que, en vez de acercarles el palitroque, les da la mano y ríe. Todos saben que quien lo consiga agarrar, ganará una vuelta gratis.

A medida que la calesita se va llenando, el ayudante duplica las anillas, pero conseguirlas se hace más difícil. Los niños están tan concentrados en el juego que olvidan a los animales, los autitos, los helicópteros. Sólo los más pequeños continúan aferrados al cuello del caballo o de la jirafa. Ni por una anilla de oro se soltarán de lo único sólido que tienen a mano. Los ganadores levantan la anilla y llaman a sus padres, como si hubiesen obtenido una copa. Una niña cruza sus manos vacías y no vuelve a disfrutar del paseo. Dos hermanos comienzan a pelear; aunque él obtuvo la anilla, la hermana celebra habérsela quitado. Una niña, convencida de su mala suerte, mira el juego desde lejos. Otro acusa al ayudante de hacer trampas. Y un niño tímido guarda una sonrisa de complicidad.

En cada vuelta se cercioran de que sus padres siguen allí donde los dejaron. Algunos tienen claro su gusto y, al momento de subir, corren hacia su animal o vehículo preferido. Otros tienen dificultades y prueban varios; como la calesita comienza a andar, se ven obligados a montarse en cualquiera. Los rezagados tienen que compartir de mala gana un mismo vehículo, menos mal existen dos manubrios y pueden tomar la misma ruta en direcciones opuestas.

En otra plaza la calesita tiene luces que se prenden y apagan, simples ampolletas de 40 watts, y por los oxidados parlantes suenan canciones infantiles. Me pregunto en qué consiste la entretención. 

La velocidad y el movimiento son uniformes. Los manubrios casi no giran y es prácticamente imposible confundir a los animales de metal con los verdaderos, o las rejas con un entorno salvaje. Observo largamente las caritas que insisten en dar una vuelta más, aunque sus padres aseveran que es suficiente. Una niña de pelo largo comienza a gritar: otra, otra, cada vez que la vuelta llega a su fin. Después de que los más inquietos intentan girar el manubrio fijo y apretar botones de mentira, la mayoría se calma; parecen aceptar que la vida es dar siempre la misma vuelta alrededor de la misma canción; como si supieran que la vuelta llegará a su fin y habrá que insistir para lograr otra o resignarse a la promesa de que en un tiempo lejano volverá a repetirse. Transgrediendo el cartel que prohíbe subir a los adultos, compro un boleto y me encaramo. Comienzo a experimentar un agradable mareo, mi cuerpo se balancea al igual que mis pensamientos: pasan los padres, las rejas, los árboles, la calle que sirve para regresar a casa y la que conduce a la cita a la que llegaré tarde, no hay nada que hacer ni para qué hacerlo, sólo dar vueltas, embriagada por esa sensación de que no voy a ninguna parte. La calesita se detiene y me sorprendo buscando monedas para otra vuelta.


La avistadora 20/11/2013


Apenas me cuenta que es avistadora de pájaros, captura mi atención. Debe tener sesenta años o más, y aunque su profesión no es la de mirar pájaros, ha estudiado como si lo fuera. Desde mi ignorancia le pido que me invite. Creyendo que iremos a los extramuros de la ciudad, le pregunto cuántas horas vamos a tardar.

–Es muy cerca de aquí, en la laguna de Palermo.

Qué extraño, nunca vi allí a un pájaro, a excepción de los patos que comen las migas de pan que les arrojan.

En una mañana soleada de comienzos de primavera, por el sendero que rodea la laguna transitan deportistas y estudiantes que no fueron a clases. Nosotras revisamos un librito con fotografías y dibujos de las aves que podríamos avistar.


–Me ha pasado con otra gente que si no le muestras el libro, después no ven nada –me dice la avistadora.

Y ante la imagen de cada pájaro, me cuenta sus alimentos preferidos, trayectos y costumbres. Estoy segura de que no voy a recordar ningún nombre, color o forma. Ella me tranquiliza y en mi regazo deja unos binoculares negros haciéndome parte de un misterioso ritual. Los primeros en aparecer son los patos. En una segunda mirada descubro que tienen el pico amarillo, celeste o rojo. Observo con deleite las diferencias, escucho cómo llegaron a Buenos Aires, en qué época del año migran y hacia dónde, con la sensación de que los veo por primera vez.

–¿Y ese? –señalo con orgullo al que vuela de una copa a otra.
–Es sólo una paloma.
–Ah –me avergüenzo.
–No es fácil, hay personas que la primera vez no ven ninguno –me

consuela.
 

Si no es fácil verlos, puedo escucharlos. Los ruidos de la ciudad aceptan a disgusto retirarse, abriendo el paso a los sonidos que habiendo estado allí todo el tiempo, no escuchaba.

–Ahí va uno –lo sigo con los binoculares, atraviesa la laguna y se posa en una tipa–. Tiene el pecho amarillo y un antifaz.
–Es un benteveo, qué bien –aprueba la avistadora.

Después de esta primera victoria sumo una gallareta chica, muchas cotorras, un zorzal, palomas picazuró y domésticas, una torcaza. No lo puedo creer. El lago que me pareció tan doméstico y artificial, tiene la vida de un lago real. Las islas del centro están pobladas de frondosos árboles en cuyas ramas se esconden los pájaros que escucho cantar. Sobre el agua avanzan los patos picazo y los barcinos. La avistadora me recuerda que nuestro destino es un garzal ubicado en la isla más grande. En el camino encontramos a dos señoras y un perro grande echado en el suelo. Si hubiese estado sola, habría pasado de largo, pero mi acompañante se detiene a admirar la finura del animal. Una de las señoras nos cuenta que el perro se niega a comer. Habiendo perdido a sus dueños, la asociación (supongo que de perros perdidos) lo entregó a un hogar adoptivo que lo devolvió. Lo miro, está triste, cómo no, pienso. La avistadora le entrega unos consejos y reemprendemos la marcha.

–Una garza.
–Sí, pero el garzal está del otro lado de la laguna, a la vuelta.


Me pregunto por qué las cosas que buscamos siempre están a la vuelta, más adelante, en la otra orilla, después de la curva, nunca de este lado. Recuerdo una garza en el valle del Quilimarí. Faltando pocos días para irme, descubrí que se posaba todas las tardes en la rama más alta de un álamo. Hasta el día de mi partida, la salí a mirar y esperé con ella la caída de la noche. Gracias a la garza descubrí qué era –más allá del paisaje– vivir en el campo. Y allí están. Como una colonia de pingüinos o de focas, las garzas habitan las ramas de los árboles que asoman el cogote por sobre la ciudad, rodeadas por el agua, dan a luz y crían a sus pequeños. Cuando volvemos al auto, he olvidado que estoy en Palermo, que soy una persona y no un pájaro.


Ramal (fragmento)


"Escoltado por la pequeña hija del botero, el que viene de afuera sube la colina en busca de los lagares de cuero que esgrimió como excusa. Saca la máquina fotográfica para mayor convencimiento. “El camino es largo”, advierte la niña con desgano. En la primera casa no hay timbre, pasa la cerca teniendo cuidado con los perros y avanza cauteloso hacia una vieja que cocina un puñado de huesos en un fuego encendido en el suelo sobre el que escupe. La hija del botero se hace a un lado. No le gusta la idea de llevarlo a esa casa, no en su traje de domingo. La vieja lo conduce al lagar que tiene arrumado en la bodega. En la huerta azuza a la hija del botero para que suba a un naranjo. “Con dos es suficiente”, grita. La niña no se molesta en pelar la suya. El que viene de afuera agradece la naranja caliente. La vieja no vive de agradecimientos y les pide que vayan a dejar una pomada a un nieto enfermo. Cuando se dispone a aceptar el encargo, la hija del botero le advierte que serán dos horas de subida. El que viene de afuera dice que no es posible. Quién sabe si enojada porque no recibió nada a cambio, la vieja niega que hace vino. “Antes, mucho antes, ahora no.” Resulta extraño tomando en cuenta que acaba de mostrarle el lagar. Bajo la aspereza de la vieja anida la sospecha de que él trabaja para el gobierno. Por increíble que parezca, a este rancho perdido en los cerros vienen funcionarios a cobrar impuestos por el malogrado vino que venden clandestinamente en restaurantes de tercera categoría de Constitución.
En la siguiente casa, la hija del botero se queda atrás. Los perros están tan flacos que no ladran. En una casucha llena de agujeros, una vieja de mechas tiesas permanece con las piernas cruzadas ante un fogón que la tapa de humo. A la vieja le es indiferente si hay lagares, más si él desea conocerlos. Aprovechando que le da igual, el que viene de afuera pasa al fondo del patio. De un cuarto sale una mujer asustadiza con bigotes. Más atrás aparecen otras mujeres y niños. La de bigotes lo conduce al lagar que es prestado. No hay hortalizas ni árboles frutales, nada comestible nace de la costra que pisan. La mujer explica que no tienen agua para lavar, regar o beber. Por ella se entera de que los campesinos vendieron sus tierras a la planta de celulosa que hundió a Constitución en la podredumbre. Las plantaciones de pinos han dejado sin pasto a los animales. Ahora no tienen tierra, agua, verduras, frutas o carne, sólo los cuartos que le ocupan a la vieja, quien en venganza no termina de morir. Los ojos de la mujer asustadiza son límpidos. De más atrás las cuñadas afilan los dientes para quedarse con el fogón.
La hija del botero lo transfiere a la hija de la mujer con bigotes que va mandada a casa de un tío con una botella de agua. A diferencia de la hija del botero, la hija de la mujer con bigotes no siente culpa de abandonarlo, y cuando él le hace notar a gritos que nadie responde a sus llamados, agita la mano en señal de despedida. Los perros lo obligan a dar un rodeo hasta dar con un hombre largo y flaco que viene saliendo del hospital. Detrás de él, una niña pecosa, con el pelo atado en una cola de caballo, pasa volando a hacer un mandado. El del hombre enfermo es el quinto lagar que visita y no se le ocurre qué más preguntar. Ya sabe que no es un cuero de vaca sino de toro que estiran sobre un bastidor de madera apoyado en cuatro patas y que para darle forma cóncava le colocan piedras. Los pelos van hacia adentro, en contacto con el vino, y donde iba la cabeza del toro va un tapón. Dependiendo del dulzor que le quieren dar al vino, reposan el líquido doce o catorce días. Los lagares son para los campesinos igual que las lechugas o el maíz: nadie viaja hasta aquí para preguntarles cómo los cultivan. Habiendo manifestado su intención de ver todos los lagares, el hombre enfermo le indica la dirección que deberá seguir para encontrar el siguiente.
En un alto del camino, bajo la escuálida sombra de un espino, el que viene de afuera mastica un huevo duro y un pan. Saben a seco. Una seguidilla de pasos cortos y rápidos lo hacen incorporarse, piensa en una liebre y como una liebre se desliza la niña pecosa hacia abajo. “Ey”, grita. La niña retrocede. “¿Adónde vas tan apurada?” “A hacer un mandado”, contesta. Más tarde reconocerá que, al verlo conversar con su tío, a mitad del vuelo, se devolvió a buscarlo. “Cuando llegue a la casa, mi madre me va a pegar, pero no importa. Ella después dice que me quiere aunque soy mala, y a veces no me quiere y ya no me duele que me pegue.”
No hay camino que se escape a la niña y, a pesar de que su madre le pega, está en su naturaleza irse por ellos. Si por la mañana sale volando a hacer un mandado, seguro vuelve por la tarde. Su madre nunca sabe dónde anda y ella se cuida de no encontrar a nadie. El que viene de afuera le pregunta cómo conoce tantos caminos. “Antes, cuando tenía seis años, no conocía ningún camino, hasta que a los diez salí y los conocí todos. Siempre sé de dónde vengo y adónde voy, y nunca desde que salí me he perdido.” El único camino donde se pierde es en el que la conduce a la escuela. En vez de media hora, demora por lo menos una y hay mañanas en las que no llega. En el bosque le confía que no sabe quién es su padre. La madre se niega a decirle. Sí le contó que intentó regalarla y que su hermano mayor lo impidió. Junto a su madre viven el padrastro, un hermanastro que nació hace poco y un viejo ciego a quien sus hijos dejaron botado y que su madre recogió, seis cachorros, dos cabras, un neumático, una yegua que le pertenece por mitades con su hermana, y dos corderos que lleva a pastar y aunque a veces se le pierden siempre los encuentra. “También tengo dos tencas chiquititas que crío en un estanque y conozco un lugar en el bosque donde vive un pájaro de pico largo y alas negras que de noche es pájaro y de día, gallina.”
A su madre le quisieron hacer un mal y el mal se metió en el cuerpo de la niña; casi murió del dolor de estómago, nadie podía sanarla y estaba por morir. Se levanta la camiseta y enseña orgullosa el tajo del apéndice. “No me gustan mis pecas.” “Y en el verano te deben salir más”, sugiere él. La niña sonríe ante la complicidad que le otorga el camino que por primera vez recorre acompañada. “Ahora tengo que ir a ver a un abuelito que está solo, lo voy a ver todos los días.” “¿Y por qué está solo?” “Su señora enfermó y el hijo se la llevó a Santiago, ya van dos meses y todavía no vuelve.”
Al abuelo le extirparon a su compañera como a un órgano vital. No respira, no come, no habla. El que viene de afuera se siente conmovido por su falta. Durante la visita advierten que el clavel del aire está demasiado arriba para que el abuelo alcance a regarlo. La niña se encarama sobre una piedra y con la punta de sus dedos desata la cuerda que sostiene la flor. Discuten a qué altura debería quedar. Antes de marcharse, la niña la riega. Es su aliento el que mantiene con vida al abuelo y al clavel. En la casa de la niña es presentado al hermanastro, al neumático, a las cabras, la media yegua, los seis cachorros y, en fotografías, al padrastro, la hermana y el hermano. La niña susurra al oído de su madre para que el de afuera no escuche. Sus palabras se convierten en un plato de sopa con verduras y un trozo de pan. La misma sopa se la ponen al gato en el suelo y en un tazón más pequeño, al ciego. La madre y el ciego increpan continuamente a la niña; le dicen mala, inquieta, insoportable, le piden a la caminante que se vuelva estatua de sal. Al que viene de afuera se le hace insoportable la pobreza de esa casa.
De camino al lagar, la madre le cuenta que tuvo a su primer hijo a los catorce años y así hasta enterar cuatro. No habla del padre o de los padres. A la niña la tuvo en casa para botarla. La mujer que crió a la madre de la niña (su verdadera madre es la vieja que lo quiso mandar a buscar la pomada) cortó el cordón umbilical y bañó a la recién nacida. El hijo mayor le suplicó que no la regalara y así fue como la niña se quedó a vivir con ellos. “Fíjese cómo es la vida, tengo cuatro hijos y al único que quise tener fue a este último.” Señala a un niño sin pañales al que le cuelgan los mocos y que se orina a cada momento.
Los verdaderos hijos de la mujer que la crió cerraron con candado la bodega donde está el lagar y deben pasar por un hueco entre las tablas. Como la casa es una sucesión, cuando los verdaderos hijos de la mujer que la crió se apoderen de la casa en ruinas, la madre y sus cuatro hijos, el ciego, los cachorros, las cabras, la media yegua, los dos corderos y el neumático tendrán que irse. No ha pensado adónde. “La niña está mal de la cabeza”, le confidencia. “¿Ah sí?” “Sí, tuvo un mal de la memoria, le empezó a los diez años. Sale a caminar sin rumbo, a veces se le olvida volver y pasa afuera, nadie sabe lo que hace. Venga, volvamos a la casa a tomar once.” Él invoca que debe coger el tren. “Tome once y se va.” “Todavía me queda un largo camino”, se excusa.
La niña pide a la madre un trozo de pan amasado y media docena de huevos que mete en una bolsa plástica. Lo único que él tiene para regalarle es una flor tejida con crin de caballo que compró en una feria artesanal. La niña prende la flor en su camiseta y camina adelante para enseñarle el trayecto al río. La bajada es silenciosa. La niña se detiene a recoger todas las flores silvestres que encuentra a su paso: la flor de la perdiz, azulillas, amarillas, naranjas, violetas. El que viene de afuera resiente en sus piernas el peso de los caminos. Se pregunta si caminan en círculo. Recuerda lo que dijo sobre la escuela: “Algunas veces tardo media hora o una y a veces no llego”. Desconoce cuál es el camino que baja al río, si deberían haber llegado o aún están lejos. Se pregunta si la niña lo dejará partir. Está seguro de que ella piensa lo mismo al agacharse a coger las flores. Intenta convencerla de que es suficiente, pero siempre hay una distinta que es necesario arrancar.
En la franja de tierra que el río inunda todos los inviernos, ella insiste en que no se vaya. El légamo se vuelve su cómplice. Sus pasos se hacen cada vez más lentos. A la niña le entristece perder al único compañero de viaje que ha tenido. Habiendo descubierto que no está loca como dicen, no quiere imaginar lo que será volver a estar sola con sus pensamientos. Insiste en que ese y no Colín es el lugar que él vino a buscar. Dice conocer quién le puede vender un terreno, construirle una casa y venderle una cocina a leña, quién are su tierra, plante sus vides y cultive su maíz. La casa tendrá una gran ventana para que él la vea aparecer por el camino. Ella llevará a pastar sus cabras y después de la lluvia saldrán a buscar hongos que venderán en la feria de Constitución, le mostrará todos los caminos que conoce y los que no conoce los recorrerán juntos, convencerá a su hermana de venderle la mitad de la yegua y le regalará un cachorro, dos cachorros para que no se sienta solo por las noches.

La niña le ofrece en un ramo todas las cosas que el abuelo Arnoldo dejó olvidadas en Colín. Las flores pesan en sus brazos cansados. Intenta con- vencerla de que cuando ya no le queden caminos por conocer, ella también partirá a Talca como sus hermanos. La niña contesta que jamás. “Quédese conmigo.” “Todavía me faltan lugares por conocer”, le explica él. “No va a encontrar otro lugar mejor que este”, replica ella. El que viene de afuera guarda silencio. “Prométame que volverá.”



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